Desesperación. A mi lado.

Ayer, a nuestro lado, se nos ahorcó un vecino. De desesperación. Otro europeo, un griego, se quemó en público. También de desesperación. Tragedias de la crisis y sobre todo de cómo la encaramos, mirando para otro lado, sin quererla ver como es: una tragedia humana que hay que tratar como tal.

Lean con atención la sucesión de despropósitos acumulados en la noticia. En l´Hospitalet ya hay desnutrición infantil y enfermedades de carencias alimentarias que no se veían desde la postguerra, y no nos referimos a Somalia sino a Barcelona. Familias enteras comen agua y pan día tras día, sobre todo las de clase media que consideran una vergüenza que les vean pidiendo caridad en comedores sociales.

Nuestros estados modernos han elegido apoyar al sistema financiero en contra de sus propios ciudadanos y de su tejido productivo de empresas, que son las que sustentan en gran medida la vida económica y social. Y caerán con él, antes o después. Han perdido la legitimidad que solo les pueden dar los ciudadanos a los que debieran representar y servir.

Ayer, a los 45 años, se ahorca de desesperación en una plaza pública en l´Hospitalet, Barcelona

José de Espronceda, 1808- 1842, vivió casi lo mismo, 46 años y compuso poemas de tremenda fuerza en la desesperación como este:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:
 

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
 

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
 

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
 

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
 

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.
 

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
 

A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
 

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
 

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
 

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío


Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

 (…)

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