Filosofía de la vida del día a día

 

Miren ustedes algo más del alma catalana, si acaso eso existe. Una persona que piensa cada día dejar la vida… pero mañana, que el Ampurdán está muy bonito hoy.

http://www.youtube.com/watch?v=AKQBTitYWgE&feature=related

La letra traducida:

Nacido entre Blanes y Cadaqués muy tocado por la tramontana, de una sola cosa puedes estar seguro cuando más viejo más tocado del ala (loco).

Siempre decía que en la madrugada se mataría, pero hacia el mediodía estaba bien borracho, sonríe y dice que no tiene prisa. Nadie me espera allá arriba e ir al infierno no me interesa. Es mucho más bonito el Empordà.

Pasaron botellas y años y Siset aún aguantaba, durmiendo la mona a orillas del Ter, pero nunca se tiraba.

Siempre decía que en la madrugada se mataría, pero hacia el mediodía estaba bien borracho. Sonríe y dice que no tiene prisa. Nadie me espera allá arriba e ir al infierno no me interesa. Es mucho más bonito el Empordà.

Y cuando veo la luz del alba se me quitan las ganas de marchar. Puede ser que hoy no me suicide. Quizá lo deje hasta mañana.

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2 comentarios

  1. Yo si que creo que aún existe el alma catalana, igual que el alma castellana, o andaluza y, a la vez, la española y la europea y la occidental y así sucesivamente, entendida como cultura, esto es, el conjunto de costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, rituales y sistemas de creencias que caracterizan el comportamiento del conjunto de las personas que la conforman. Cada una maravillosamente particular y, a su vez, entremezcladas e influidas las unas a las otras. Así ha ocurrido a lo largo de los siglos y es de esperar que en un mundo sin fronteras esa influencia de almas sea aún mayor y los matices vayan diluyéndose, a expensas, sin embargo, de ciudadanos mucho más diversos componiendo cada una de ellas. Aunque muchos se lamentan de esa pérdida de idiosincrasias, no se le pueden poner puertas al campo y se impone mirar al frente. Y mirando al frente veo que hace un día precioso hoy y los que me esperan no tengo duda de que se alegrarán de que lo disfrute.

  2. José Miguel Pueyo, psicoanalista

    Todo invita a convenir que venía a cuento, sobremanera desde la perspectiva de lo inconsciente, del Otro que nos habita y que determina cuanto pensamos, hacemos y deseamos, que Mario Vargas Llosa le espetara a Liv Ullmann, que su experiencia con ella en un jurado de cine de Berlín fue sencillamente aterradora.
    Los boletines se hacen eco de que ocurrió así en el conocido programa de la televisión estatal sueca Skavlan, nombre del apellido de su popular presentador Fredrik Skavlan. Los transparentes ojos azules de la musa del malogrado director sueco Ingmar Bergman, produjeron la inquietante impresión de salirse de unas fosas ya cuarteadas por la edad, a lo que la momentánea rigidez de un cuerpo voluminoso y contrario a las sinuosas formas de la juventud, no contribuyó a distender los efectos del atrevido comentario. No podía ser de otro modo. En primer lugar en aquella dama de 72 años, mayor en dos que el osado contertulio, cuando el hispano escribidor explicó, con voz profunda y clara, que siendo la actriz presidenta de aquel jurado, impuso reglas tan rígidas para evaluar los filmes, que por un tiempo desapareció para él el encanto de las películas, tanto como para pasar a ocuparse únicamente de la luz, de los efectos especiales, del sonido y de la vestimenta.
    Lo que a todas luces puede considerarse como un descomedimiento tuvo como desencadenante una pregunta de Skavlan, sin duda oportuna, al escritor que estaba a pocas horas de recibir el premio Nobel de Literatura, ¿por qué escribe usted acerca de las dictaduras? Permítame decirle, aclaró Vargas Llosa, que la dictadura de Ullmann en aquel jurado berlinés fue llevadera, pero otras dictaduras me han perturbado siempre, y agregó que por ese motivo escribía de ellas.
    Algo, pues, había perturbado la tranquilidad psíquica del renombrado escritor, un trauma, por consiguiente, funda-mental. ¿Inconfesable?, en modo alguno. Nos encontramos ante un escritor, no de los pequeños, ante esa especie de hombres que, a diferencia del común de los mortales, se caracterizan, como acertadamente advirtió Freud, por decir las cosas por su nombre, por alzarse, también, contra los diques de la represión psíquica que atenazan el decir de la mayoría de las personas. De ahí, cómo no, la aparición en escena, de modo simbólico y sintomático al mismo tiempo, del padre, del genitor del más conocido de los escritores de Arequipa. Dijo Vargas Llosa, y con ello recompuso, quiero pensarlo así, la amistad con Liv Ullmann, que conoció a su padre cuando creía que estaba muerto. Y sin mediar lapsus alguno de tiempo añadió, ante la atónita expresión de quienes esperan un singular desenlace de una ficción verdadera, que su padre le supuso una experiencia realmente aterradora, incomparablemente peor a la que la que vivió en Berlín con su amigable actriz. ¿Qué podía ser aquello tan terrible? Algunos quizá se llevaron las manos a la cabeza al imaginar que se trataba de las atrocidades sexuales perpetradas por curas católicos en niños indefensos de corta edad. No, nada de eso. Para asombro o desazón de algunos y alivio de otros, es escritor sacó a relucir a su madre, a su amantísima madre, y el dolor, también el dolor que le causó su padre al sacarle del paraíso en el que vivió diez años con la que le había dado a la luz.
    Como corresponde a la insistencia del Otro, insistencia que no es sino por la ausencia de análisis, el trauma de Mario Vargas Llosa no podía sino reiterarse en el discurso de aceptación del Nobel de Literatura, reiteración de aquel trauma infantil, de aquella terrorífica experiencia que le condujo, según él mismo enfatizó, a la literatura, siendo este arte el que, también según él, le salvó de la opresión de su padre.
    ¿Qué denuncia la reiteración? Contrariamente a la opinión del ahora más nunca célebre escritor peruano, la reiteración denuncia que la literatura es en muchos casos más bien un paliativo que una solución acorde con lo Real traumático, incluso el sinthome de James Joyce puede pensarse de ese modo; mientras que la separación que ejerce el padre en el alienante paraíso del niño como objeto de la falta que hace deseante al Otro que encarna la madre, lejos de ser patológica, constituye, como es conocido, la condición de la salud psíquica. Así debe acontecer en un tiempo que es el temprano del complejo de Edipo, época en el que la función llamada del padre reclama para bien del sujeto su saludable intervención separadora.

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