Indalecio Prieto 1936

Indalecio Prieto se caracterizó en su actividad parlamentaria por su oposición contundente a reconocer el voto a las mujeres. Cuando el voto femenino se aprobó dijo que había supuesto “una puñalada trapera a la República“.

Antes de la ley que otorgaba igualdad de voto, hubo un anteproyecto que sólo concedía el voto

Clara Campoamor se enfrentó a Indalecio Prieto por el voto femenino.
Clara Campoamor se enfrentó a Indalecio Prieto por el voto femenino.

a la mujer soltera y a la viuda, con el argumento de que el sufragio femenino podía ser una fuente de discordia doméstica. En general, sin embargo, la oposición a conceder el voto a la mujer, estaba basada en el temor a que no estuviese todavía lo suficientemente independizada de la Iglesia y su voto fuese en su mayor parte derechista, poniendo así en peligro la existencia misma de la República. Las primeras elecciones en las que participaron las mujeres fueron las de 1933, e inevitablemente se les echó la culpa de la victoria de la derecha.

La concesión del voto, como la del divorcio, fueron logros de la mujer en el periodo republicano, pero logros efímeros como el propio régimen que los había posibilitado. La Guerra Civil y la dictadura tras la victoria de las fuerzas franquistas el 1 de abril de 1939 anularon todo lo conseguido. Tendríamos que esperar 40 años para que las mujeres recuperaran lo conseguido en 1931.

Mitin de Indalecio Prieto en Cuenca el 1 Mayo 1936. El 17 de julio de 1936 estallaría la Guerra Civil Española, de la que alertaba Prieto con sus palabras. Conviene no olvidarlo:

“(…) La convulsión de una revolución, con un resultado u otro, la puede soportar un país; lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata; lo que no puede soportar una nación es el desgaste de su poder público y de su propia vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad (…)
(…)Lo que procede hacer es ir inteligentemente a la destrucción de los privilegios, a derruir la cimentación en que esos privilegios descansan; pero ello no se consigue con excesos aislados esporádicos, que dejan por toda huella del esfuerzo popular unas imágenes chamuscadas, unos altares quemados o unas puertas ennegrecidas por las llamas. Yo os digo que eso no es revolución. Porque el fascismo necesita de tal ambiente; el fascismo (…) no es nada por sí, si no se le suman otras zonas más vastas del país entre las cuales pueden figurar las propias clases medias, la pequeña burguesía, que viéndose atemorizada a diario y sin descubrir en el horizonte una solución salvadora, pudiera sumarse al fascismo… 
Por ahí ni se va a la consolidación de la democracia, ni se va al socialismo, ni se va al comunismo; se va a una anarquía desesperada, que ni siquiera está dentro del ideal libertario; se va a un desorden económico que puede acabar con el país (…)”

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