La moneda de la nueva economía (y de la antigua) es la confianza

La moneda no es el único capital. Es también -y en muchos países sobre todo- la reputación personal.

Según la reputación personal se realizan o no acuerdos. Se contrata o no. Se hacen o no se hacen las cosas.

No es ningún invento del s XXI. En la Antigua Grecia ARETÉ era una palabra clave en la concepción misma de la vida cívica. Significaba excelencia o superioridad a la par que virtud, con un fuerte énfasis en lo competitivo, como sucedió después con la virtú renacentista.

Con el tiempo, las éticas contemporáneas no se centran ya en el concepto de Bien, sino de norma. Son éticas normativas.

Pero la norma es externa. En cambio la ética antigua era interna, por tanto no solo importaba hacer cosas sino cómo hacerlas y así entendían que lo que un hombre hacía repercutía tanto en los otros como en sí mismo, en su reputación, en su virtud, en su reputación, en su propia valoración. Y es que a la larga las apariencias no engañan, acaban por mostrar la esencia. No tienes, eres. Es una forma de vida, un capital de reputación atesorado a lo largo de toda una vida.

Y aún más, la virtud humana la entendían (Platón) como política y comunitaria. Partiendo de esta concepción, era impensable la posibilidad de no perjudicarme personalmente perjudicando a los otros “si no miro por los otros, no miro por mí” y además “cualquier perjuicio contra mí mismo, también perjudica a los otros” Máxima exigencia.

Muy ilustrativa esta conferencia de Rachel Bosman al respecto:

http://www.youtube.com/watch?v=UzeTQ7b6TvI

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